Cardenal Baltazar Porras: A Maduro se le ofreció salir pacíficamente de Venezuela, pero no aceptó

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El este de Caracas amanece con esa luz espesa que se enreda en las ramas de los bucares. En una parroquia modesta, muy lejos de los mármoles arzobispales y del alboroto del centro de la ciudad, vive Baltazar Enrique Porras Cardozo. El tráfico no se escucha aquí; es una zona calmada, como entrar a la casa de los abuelos donde el tiempo parece haberse detenido. A sus 81 años, el cardenal emérito de Caracas es un hombre habituado a la vida comunitaria. Vive junto a uno de sus discípulos, el padre Honegger Molina, quien es su mano derecha.

Nos recibe temprano, antes de que el calor del trópico aplaste la ciudad. Desde la madrugada, el teléfono no ha dejado de sonar con llamadas de otros sacerdotes y decanos de la Iglesia venezolana, como monseñor Ovidio Pérez Morales. Sobre la mesa del comedor sencillo hay café negro, arepas humeantes y huevos revueltos estilo perico. No hay lujos en este retiro. Solo la quietud de un clérigo de manos grandes que vio pasar la historia de su país desde la primera fila y que ahora confiesa sentirse un poco huérfano. Su verdadera riqueza, una biblioteca de 30.000 volúmenes, se quedó en Mérida, la ciudad andina donde fue arzobispo durante casi cuatro décadas.

Porras es el último gran testigo eclesiástico de la tragedia venezolana. Es el hombre que dio asistencia espiritual a Hugo Chávez en la madrugada del golpe de 2002 y el mismo que, 23 años después, desafió a Nicolás Maduro hasta el punto de que le confiscaron el pasaporte diplomático en el aeropuerto de Maiquetía. Hoy, mientras desayunamos, el país que observa desde su ventana es otro. La madrugada del 3 de enero, una operación militar extranjera extrajo a Maduro del poder, borrando de un plumazo el destino de una nación exhausta.

Le preguntamos qué sintió al ver la imagen de Maduro, el hombre que lo llamó conspirador y lo acosó durante años, finalmente tras las rejas en Estados Unidos. Porras detiene la taza de café a medio camino. Su mirada, curtida por 43 años de obispado, no refleja triunfo.

«Yo, desde el primer momento que vi la imagen de él ya preso, no me alegré», dice con una voz pausada. «Sino lo que pensé: caramba, lo que hay detrás de todo esto es lo que hace que esté así, pero no podemos alegrarnos del mal de nadie».

Es una respuesta profundamente cristiana, pero también política. Porras entiende que la extracción de Maduro no borra las ruinas que deja a su paso. «Hemos tenido a quienes se nos vendieron como los mesías, que nos iban a sacar de abajo, y lo que nos han hecho es hundirnos», añade. «Y entonces necesitamos reconstruirnos entre todos, no alegrarnos del mal de nadie, porque eso no nos lleva por los caminos auténticos».

La conversación fluye hacia los días previos a la caída. Durante meses, circuló el rumor de que el Vaticano, a través del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano y exnuncio en Venezuela, intentó negociar una salida pacífica para Maduro. Un exilio dorado en Rusia para evitar el colapso final. Porras, quien cultivó una estrecha amistad con el Papa Francisco, confirma lo que hasta ahora era un secreto a voces en los círculos diplomáticos.

«La diplomacia vaticana, con toda la experiencia que tiene en este campo, vio la conveniencia en un momento dado de poder apoyar una salida pacífica, una salida negociada, que no se dio», revela. «Se le ofreció a Maduro y a su equipo poder salir pacíficamente».

Para leer la entrevista completa ingrese a ABC.es

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