Entre la “anestesia emocional” y la hipervigilia: el país tras la captura de Maduro

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El vacío de poder generado tras el 3 de enero no ha desatado el caos en las calles, sino un fenómeno psicológico de repliegue masivo. Expertos analizan cómo la sociedad venezolana transita entre un escudo protector contra el desencanto y una alerta constante que consume la energía vital del ciudadano

La imagen se repite en cada esquina de Caracas y en las rutas que bajan desde Guarenas: una normalidad aparente que se siente de cartón piedra. Lo que domina la calle no es la euforia ni la protesta masiva, sino un silencio denso. Venezuela parece haber entrado en un estado de suspensión anímica desde aquel sábado 3 de enero, cuando la captura de Nicolás Maduro cambió el tablero para siempre.

Frente a un evento de tal magnitud, lo lógico sería esperar un estallido de ansiedad o una zozobra desbordada en cada esquina. Sin embargo, la realidad clínica es distinta. “No veo altos niveles de ansiedad ni de zozobra. Percibo una situación anímica extraña, compleja”, afirma Axel Capriles, psicólogo clínico venezolano. Para él, lo que hoy define al país es una ambivalencia que muerde: por un lado, la esperanza de que la economía finalmente dé un respiro; por el otro, una «tensa calma» donde todo parece seguir igual, pero bajo un código de comportamiento dopado por la incertidumbre.

Para Capriles, esta «silenciosa espera» no es paz, sino un mecanismo de defensa perfeccionado durante un cuarto de siglo. La sociedad venezolana parece haber desarrollado un filtro para procesar la realidad sin quebrarse. “Me luce que esa aparente normalidad surge de una sociedad cuya emotividad ha sido dopada, que ha caído en la indiferencia de la resignación y la supervivencia”, explica el especialista.

Es lo que él denomina un escudo anímico: “Yo creo que hemos desarrollado una carcasa emocional para protegernos de tantas décadas de desencantos”. Esta estructura permite que el ciudadano siga funcionando, pero a un costo de desconexión profunda. No obstante, Capriles advierte que el sentimiento varía según el estrato: mientras en los grupos dirigentes del chavismo sí hay una ansiedad real porque «nadie tiene idea clara de cuánto perdurará el orden actual», en las clases empresariales la emoción es otra. Allí dominan las expectativas sobre el crecimiento y los negocios que vendrán en lo que visualizan como «la reconstrucción entera de un país».

En medio de todo, el dominio estadounidense sobre la narrativa y el territorio produce una sensación agridulce. Según Capriles, el venezolano se mueve hoy en una emoción ambivalente, atrapado entre el miedo por lo desconocido, el desconsuelo por lo perdido y una esperanza frágil que se asoma entre las ruinas del sistema anterior.

El miedo a nombrar la realidad

Si la anestesia es el escudo, la hipervigilia es la herida abierta que no deja cerrar los ojos. La psicóloga Zena Sleiman Dayoub advierte que el impacto de lo ocurrido el 3 de enero ha calado en lo más básico del ser humano: el descanso. “La gente quedó en un estado de hipervigilia, por la hora en que ocurrió el evento, y ha sido difícil salir de esa situación y aprovechar los tiempos de descanso”, señala.

Ese estado de alerta constante se manifiesta en una incapacidad casi total para hablar de lo ocurrido de forma directa. En las conversaciones de café o en las colas del supermercado, el lenguaje se ha vuelto elíptico, casi cifrado. Nadie dice «bombardeo» o «detención del presidente». Se prefiere el eufemismo: “el evento del 3 de enero”, “lo que pasó aquel sábado” o “después de lo que sucedió”.

Para Sleiman, este silencio es sintomático del miedo a la exposición política. “Al ponerle nombre a eso es como elegir algún bando, tomar postura, y eso genera mucho miedo en este momento. Obviamente, el miedo a hablar solo profundiza los síntomas”, explica.

La incertidumbre sobre el destino del país genera una ansiedad que, aunque Capriles no la vea como un estallido de ansiedad y zozobra, Sleiman la detecta en el agotamiento de la psique individual.

Fuente: El Nacional

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